Nombre Espiritual
Cada individuo desde su nacimiento es identificado en nuestra Sociedad a través de sus apellidos que representan su filiación paterna y materna y el nombre que sus progenitores eligen ponerle.
Este nombre en general es elegido desde el gusto o recordatorio de algún pariente al que se quiere dar continuidad. Algunos usan el santoral católico, otros buscan nombres más alegóricos, temáticos, de la Naturaleza, etc.
Pocas veces el nombre surge de la conexión interna con el Ser al que se va a nombrar. Pocas veces se le pregunta a nivel de conciencia el nombre que ya trae, como traducción de la vibración energética que representa y de la tarea evolutiva que asume.
Este nombre no se puede inventar de forma arbitraria. Cuando se busca con recta intención, este nombre se revela y toma el cauce de la inspiración para poder ser interpretado en la lengua que se habla.
Cuando pronunciamos ese nombre, estamos consolidando la realidad energética del individuo, lo estamos reconociendo en la totalidad que manifiesta y en la tarea evolutiva que asume a través de su Plan de Vida.
En culturas ancestrales se encuentran registros de cómo los nombres que son dados a los niños tienen un significado profundo y revelan su identidad espiritual. A veces el nombre cambia cuando, llegada la pubertad, el individuo ha expresado de forma más notoria su naturaleza y puede representar de forma más completa su misión de vida.
En muchas corrientes espirituales se dan nombres iniciáticos cuando se adquiere un nivel de integración en el desarrollo espiritual. Ese nuevo nombre ayuda al iniciado a recordarse en la realidad espiritual alcanzada y a seguir desarrollándola.
Desde nuestra experiencia sabemos que por diferentes nombres somos reconocidos según el plano en el cual nos manifestamos en esta realidad multidimensional de la cual participamos.
No obstante, nos concentramos en el nombre que representa la misión que en la Tierra realizamos y que integra nuestra vibración espiritual adecuada a ésta. A dicho nombre le llamamos “nombre cósmico”.
En el proceso de reconocernos parte de la Tierra y de activar nuestra participación consciente en su proceso evolutivo, hemos reconocido nuestro nombre en la lengua sagrada del planeta. Esta vibración nos ayuda a enraizar más nuestra misión espiritual en la Tierra y a consolidar la manifestación terrestre que portamos.
Sabemos el lugar que ocupa cada una de las formas de llamarnos. En el contexto de experiencia donde se reconoce esta realidad, usamos nuestro nombre cósmico o terrestre según el aspecto o tarea en la que trabajemos. En la relación familiar tradicional y en la relación social sostenemos los nombres que nuestros padres nos eligieron.
Cuando somos padres, nos conectamos internamente para poder llamar a nuestros hijos de forma directa en su vibración correspondiente.
Personas poco conocedoras de esta relación espiritual, valoran como despersonalización o pérdida de identidad el uso de otros nombres.
Para aquellos que caminan en el desarrollo espiritual, se vivencia como un gran “refuerzo”, al estar en contacto con la vibración energética correspondiente a través del nombre espiritual.
Nadie pierde ni quita nada, sólo se aporta más información y conciencia sobre si mismo. |